Mi
primer encuentro con Daniel Levy fue hace
aproximadamente unos diez años cuando realicé una
crítica de su grabación de obras para piano de Schubert
para la revista Fanfare. En ese momento sugerí que su
versión se hallaba junto a aquellas de Alfred Brendel y
Radu Lupu en lo que llamé ‘mi Panteón de
interpretaciones más apreciadas”. Tres años más tarde,
una grabación de Edelweiss del Concierto n. 1 para piano
y orquesta de Brahms, dirigido por Dietrich
Fischer-Dieskau, publicada junto a una antología
titulada ‘Alma Argentina’ con un programa centrado en
temas clásicos folklóricos y de tango presentando piezas
de Ginastera, Piazzolla, Guastavino, Ramírez y Gardel,
confirmó mis impresiones positivas. Pero es solamente
ahora, encontrando a Levy nuevamente en esta colección
antológica que espacia de Bach y Mozart hasta Debussy y
Ravel, y con obras para piano solo a sonatas con violín,
sonatas para piano y ‘lieder’, que comprendo la completa
dimensión y, arriesgando con una palabra muy a menudo
abusada, grandeza de este notable músico.
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Es un pianista excepcional que puede convencer y
seducir tan expertamente en las disciplinadas
exploraciones contrapuntísticas de Bach como en las
atmósferas meditativas de Liszt, en la altamente
colorida fantasía textural de Scriabin y en los
imaginativos retratos temáticos de los ‘lieder’ y
melodramas de Schumann. Y Levy lo logra
triunfalmente. Sería justo, respondiendo al
itinerario de sus dos discos del Libro 1 del Clave
Bien Temperado, señalar la precisión de su ritmo en
la Fuga en Do menor, su experto equilibrio entre las
dos manos en el Preludio en Re mayor y su inusual
sutil aplicación de la convención en la puntuación
en la Fuga de igual tonalidad; al color ricamente
evocativo que su mano izquierda ofrece al Preludio
en Mi menor; al carácter incisivamente decidido de
su Preludio y Fuga en La menor. Estas y muchas otras
observaciones similares pueden ser hechas con
exactitud, pero es la poesía de su concepción global
que es lo más importante. Este es un Bach romántico,
en el sentido que toda ejecución musical de valor es
romántica. La interpretación de Levy nos habla de la
condición humana, y lo que dice expresa y despierta
un profundo sentimiento.
‘Decir’ es una palabra demasiado prosaica para lo que
sucede aquí. Levy hace cantar al piano, y lo consigue
con efecto igualmente espléndido en cada uno de los
nueve compositores generosamente representados en esta
colección fascinantemente variada. Para Mozart él halla
un toque alado que sin embargo nunca degenera en mera
superficialidad. El drama del primer movimiento de la
Sonata en La menor es intensificado por la textura
esencial a la que da forma. Las figuraciones rápidas en
el movimiento correspondiente de la Sonata K. 330 en Do
mayor son desplegadas con ímpetu estilizado. El ‘Andante
cantabile’ de ésta obra es tomado algo más lento de lo
que es usual actualmente, y no obstante no deja de
fluir, mientras la transición a la recapitulación en el
‘finale’ es hecha con agudeza deliciosa. Las exigencias
expresivas más importantes de éste disco dedicado a
Mozart están en la Fantasía y Sonata en Do menor, y
éstas son efectuadas con conmovedora intensidad.
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El disco dedicado a Schubert que contiene la Sonata
en Sol mayor y los Cuatro Impromptus D. 899, resulta una
bienvenida reaparición en este nuevo contexto.
Escuchándolo nuevamente, me gusta aún más que en mi
primer encuentro. Las diferencias en los matices
dinámicos que noté en mi crítica original se revelan
ahora como variaciones absolutamente legítimas en el
tratamiento del material repetido de los dos primeros
movimientos de la Sonata. Pocos intérpretes de ésta obra
han sido tan meticulosos como Levy en distinguir la 8ª
nota final del 7º compás del primer movimiento, de la
16ª nota en pasajes paralelos, o en el hacer notar el
acento sobra la última nota del compás 129. Su Andante
es una tocante combinación de meditación anhelante con
una positiva fuerza granítica en los episodios
fortissimo. Me agrada particularmente el modo en el que
él mantiene el acorde en el 8º compás del Menuetto por
una fracción más larga que su valor puramente
matemático. Este es ritmo concebido como elemento
viviente y de respiro en la música. Hay momentos en el
primero de los Cuatro Impromptus en donde alcanza un
poder visceral que recuerda al Erlkönig, y el episodio
ben marcato en la ejecución brillantemente caracterizada
del segundo Impromptu alcanza una claridad de distinción
entre negras (en los primeros compases) y corcheas (en
el octavo y noveno) que no recuerdo haber nunca oído
hecho con tanta incisividad.
Pasando a una selección de Liszt que incluye partes
del año Italia de sus Années de pèlerinage, el Vals
Mefisto, un par de piezas breves y su transcripción
para piano del Liebestod de Tristán e Isolda de
Wagner, nos hallamos en un mundo emocional
completamente diferente. La identificación del
pianista, ya sea con la inspiración y la
introspección de este proteico compositor parece no
menos total que la ‘Bach-idad’ (Bach-ness) de su
Bach y la ‘Mozart-idad’ (Mozart-ness) de su Mozart.
El sonido de Venezia e Napoli y de Après une lecture
du Dante (llamada también “Sonata Dante”) tiene una
calidad casi táctil y el ritmo y el fraseo poseen el
justo carácter mercurial. El dominio técnico de
Levy, su entusiasmo rítmico y el tono ‘cantabile’
son evidentes aquí como lo son a lo largo de los
doce discos de esta colección, aunque las
diferencias entre los mundos expresivos de los
compositores presentes – y por cierto entres las
varias obras de cada uno de ellos – son iluminadas
por las más seguras de las manos. Dicho sea de paso,
sería un placer escuchar a Levy interpretar algunos
de los arreglos para piano hechos por Liszt de los
‘lieder’ de Schubert, una combinación de diversos
caracteres de composición mayor que el ejemplificado
por la unión de Wagner/Liszt en la transcripción del
Liebestod.
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La
usual identificación en la mente del público de Liszt
con Chopin tiene poco que ver con el real contenido de
la música de estos dos hombres, y no es una sorpresa
encontrar en el Chopin de Levy una neta diferencia con
su Liszt, tanta como en la familiar frase “entre el día
y la noche”. Una secuencia de cinco Valses es
interpretada con suntuosa naturalidad y un agraciado
toque filigranado. Los diez Nocturnos que siguen ofrecen
una amplia variedad de concepción expresiva, desde la
pura voluptuosidad del op. 32 n. 1 a la yuxtaposición de
extrañeza y acero en el tono del op. 15 n. 3 y una
interpretación del op. 48 n. 1 en Do menor que incluye
un tono elegíaco, grandeza heroica y una vehemencia
explosiva que es genuinamente asombrosa. Este es un
Chopin desprovisto del histerismo nervioso que muy a
menudo encontramos en ejecuciones de rutina.
Scriabin, representado por sus 24 Preludios op. 11,
12 Estudios op. 8 y otro Estudio sin número de opus,
no es un compositor que usualmente me entusiasme.
Mayor mérito, entonces, a Levy por haber realizado
un disco que me ha brindado mucho placer hallándome
incluso muchas veces sonriendo. En lugar de la a
veces amorfa ‘sopa’ armónica que se oye en muchas
ejecuciones de música de Scriabin, el énfasis es
aquí puesto en el tono/color y en la línea,
particularmente en la vigorosa tensión entre las
líneas. Por una vez el germanismo ‘voz conductora’,
es un término apropiado que usualmente sirve como
una pretenciosa palabra para la escritura a varias
voces. Los preludios son en su mayor parte
llamativas miniaturas, y entre los muchos toques
expresivos que Levy les brinda sobresale su vívida
conducción del misterioso final del n. 10.
Más sustancial, aunque nunca aproximándose a la
grandiosidad de algunas de las más irradiantes
efusiones de Scriabin, son los Estudios, y la
interpretación de Levy realiza su amplio arco de
forma y tono a la perfección. El op. 8 n. 3 es
interpretado con un poderoso sentimiento legendario;
el n. 10 con una liviandad casi mendelssohniana. El
primer Estudio de la serie evidencia un sentido de
modestia que es muy atrayente – jamás pensé que
pudiera atribuir modestia a este compositor, un
tanto pomposo, mientras el n. 8 es un ejemplo de
atmósfera diabólica y posee un brillo que es
realmente irresistible cuando es tocado, como aquí,
por un pianista con técnica de sobra. El n. 5
sugestivo y en la vena irónica de Hugo Wolf, posee
un contagioso aire de danza. También el n. 6 es
danzante y concluye con una lograda y encantadora
sonrisa leve.
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Uno
de los discos más atrayentes de la serie es el que Levy
llama “Un Recital de Piano para los Niños del Mundo”.
Fue grabado durante un concierto en Venecia, con la
excepción de un encantador y simple Impromptu para
cuatro manos del Bilder aus Osten de Schumann, que Levy
agregó grabando por sobreposición. Él explica que aunque
había niños en la audiencia, el recital no fue
específicamente para niños sino que la música elegida
fué inspirada y dedicada a la niñez. Como fuese, las
exigencias técnicas de ésta música aseguran que este
recital no fue un juego de niños para el intérprete, y
los resultados atestiguan una vez más la
impresionantemente alta maestría de Levy. Junto a una
lectura plena de atmósfera de la conocida La fille aux
cheveux de lin, otras piezas totalmente desconocidas del
Album para la Juventud de Schumann, que fueron recogidas
y publicadas por Jörg Demus, además del algo grandioso
Hymne de l’enfant à son réveil de Liszt, el programa
incluye las Kinderszenen de Schumann interpretadas en un
modo que evoca mágicamente la elusividad de los
pensamientos infantiles incluyendo una embelesada
entrega del Träumerei que es un verdadero ensueño.
También es presentada la serie Children’s Corner (El
Rincón de los Niños) de Debussy, animado con el Jimbo’s
Lullaby con una efectiva variedad de articulación y una
pura fascinación sonora junto a un apto toque de humor.
Otra bienvenida inclusión es la de la Pavana para una
Infanta Difunta (Pavane pour une infante défunte) de
Ravel, cuya presencia puede ser vista como un juego de
palabras, ya que infanta significa en español princesa y
no específicamente una niña. Ravel aclaró a un pianista
que había ofrecido una ejecución somnolienta que ésta
quería decir: ‘Una Pavana para una Princesa Muerta’ y no
una ‘Pavana Muerta para una Princesa’. Pero la
interpretación evocativa de Levy no corre el riesgo de
ésta queja. El disco concluye con el Preludio en Do
mayor n. 1 del Libro1 del Clave Bien Temperado que fue
ofrecido como delicado y hermoso ‘bis’.
Aunque la serie está focalizada sobre la voz del piano
también incluye contribuciones de otros dos
instrumentos, el violín y el violonchelo, y de dos
cantantes, el esplendido barítono austriaco Wolfgang
Holzmair y el gran ex-barítono Dietrich Fischer-Dieskau
que aparece no solo como voz recitante sino también como
director del Concierto para piano y orquesta y de la
Introducción y Allegro Appassionato de Schumann,
conocida como “Konzertstück”. Estos dos nombres como los
del violinista de origen ruso-polaco-argentino Nicolás
Chumachenco y el violonchelista ítalo-polaco Franco
Maggio Ormezowski son suficientes para revelar los
círculos elevados en los que Levy se mueve, a un nivel
de completa paridad artística.
Con
Fischer-Dieskau y la Philharmonia Orchestra la
colaboración de Levy en las dos obras concertadas de
Schumann se sintoniza perfectamente. Acertadamente su
interpretación del Concierto para piano es meditativa y
discursiva, a diferencia del enérgico Concierto n. 1 de
Brahms, del que escribí en el año 2000. El movimiento
central es interpretado con la espontaneidad de un
canto, y el ‘finale’ posee una maravillosa solidez junto
a una digitación centelleante y eléctrica del tipo que
Schumann no podía dominar después de la lesión en su
dedo, pero que Clara podía. A lo largo del concierto el
solista y la orquesta alcanzan una elocuencia admirable,
y en el Konzertstück las ornamentaciones de Levy proveen
un fino apoyo al romanticismo de los solos de corno (a
propósito, una bellísima ejecución del corno). Era de
esperar que un cantante que dió tan detallados matices a
las palabras, como Dietrich Fischer-Dieskau se habría
dedicado a la declamación en el género del melodrama o
melólogos con música, una vez retirado del canto. En el
Schön Hedwig y en las Dos Baladas op. 122 él proyecta
vocalmente los textos con una consumada claridad y
sentido dramático convirtiendo la primera de las dos
baladas en particular, en una verdadera pequeña ópera.
Esta experiencia podría ser casi llamada “Las Muchas
Voces de Dietrich Fischer-Dieskau”. A veces la
intensidad de su declamación se acerca al espíritu del
expresionismo alemán aunque la siempre sensible
interpretación de Levy de la parte pianística contribuye
a dar un tono de cordura no siempre emulado por el
expresionismo más extremo.
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En conjunto su asociación con Holzmair en una serie bien
concebida de ‘lieder’ de Schumann sobre poemas de Heine,
Lenau y Geibel, como con Chumachenco y Ormezowski en las
sonata para violín y piano y violonchelo y piano de
Brahms, revelan a un pianista experto en el mundo de la
música de cámara así como bajo el reflector del solista.
Sus ‘performances’ en conjunto ofrecen interpretaciones
del más alto nivel, a la vez consumada y apasionadamente
romántica, finamente proporcionada en la estructura, que
se deleita en el colaborativo dar y recibir del mundo de
los ‘lieder’ y de las sonatas.
Y no olvidemos que Brahms, como sus predecesores
clásicos todavía llamaban a éstas obras sonatas para
piano y violín, y para piano y violonchelo, en lugar de
viceversa, lo que hace su inclusión en “La Voz del
Piano” reveladora y enteramente apropiada.
He amado el pianismo de Daniel Levy desde el primer
momento que lo encontré. Pero ha sido esta magnífica
colección que me ha recordado que él es un artista que
merece estar al lado no solo de los Brendel y Lupu, sino
de cualquiera de las más celebradas y prestigiosas
figuras de la interpretación musical. Aunque los oyentes
de estas interpretaciones conozcan ya las obras
presentadas en la colección, con toda certeza aprenderán
muchas cosas acerca de ellas que no habían pensado
antes, y que junto con la bendita voluntad de arriesgar,
es lo que distingue la gran maestría de la mera
artesanía.
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Bernard Jacobson nació en Londres. Fué crítico musical
del Chicago Daily News y profesor de música en el Chicago
Musical College de la Universidad de Roosevelt. Fué redactor
de los programas de la Philadelphia Orchestra desde 1984 a
1992, sirviendo también como consejero musical de Riccardo
Muti. Ha publicado tres libros y traducciones de varios
idiomas, escrito poesía para series musicales y actuadas
como narrador en grabaciones y conciertos alrededor del
mundo.